
Con la mirada perdida en la playa de la Caleta con esas puestas de sol. Nadie quiere irse nunca de lugares como este. Huele a la promesa de volver a la época en la que las preocupaciones eran, valga la redundancia, menos preocupantes.
Huele a disfrutar de la playa y chiringuitos, arena, toalla o donde se tercie porque la cosa está en tumbarse, disfrutar de los rayos tan ansiados durante los últimos meses y ver las nubes pasar. Huele a jugar con fuego porque es un amor de verano y nada más. Huele a sufrir unas rutinas de belleza bastante intensas como nos dar nuestra ciudad de Cádiz.
Huele a la evolución de “benditos bares” a “benditas terrazas” de la calle de la Palma. A sillas de metal que se oyen por toda la calle cuando te mueves un centímetro. A tinto de verano con chorrito de vermú si puede ser. A cigarrito acompañado de café solo con hielo. Huele a convertir la calle en tu nuevo hogar porque es inconcebible estar entre cuatro paredes más de dos horas en fechas veraniegas.
Huele a cielo eternamente azul. Huele a que tú te tumbes al sol y yo, fiel a mi tradición vampírica, me atrinchere en la sombra. Huele a la suma de ganas de comerse el mundo y carreteras interminables por la provincia de Cádiz. Huele a juegos absurdos y encuentros “casuales” contigo porque son los que más nos divierten.
Huele a fiesta, seamos sinceros, sin especificar hora del día porque todo es aceptable en verano. Huele a redescubrirse e inevitablemente re-conocerse a uno mismo. Huele a escenario, música en directo y pelos de punta o de coplas antiguas de Carnaval.
Huele a gente guapa porque todo el mundo está mejor con gafas de sol. Huele a camisas arremangadas, alpargatas y bermudas. Huele a tirantes finos, cuñas y faldas ibicencas.
Huele a más tiempo para descubrir nuevos rincones y menos tiempo para trabajar. Huele a un verano distinto, mejor que el anterior y peor que el próximo. Huele a ir a por todas. De cabeza. Porque no conocemos otra manera. Huele a brisa salada, a tormenta sideral, a noches calurosas sin gota de viento.
Huele a marca de bañador y a sombra de palmera. Huele a humo, a hoguera, a la mejor ecuación del mundo: barbacoa más toda la pandilla. Huele al gazpacho bueno Andaluz. Huele a chapuzones, a tirarse de cabeza desde el puente canal.
Huele a esa colonia que no te puedes quitar de la cabeza. Huele a tres meses de relajación para los suertudos y a dos semanas de locura desenfrenada para nosotros, los pringados trabajadores. Bueno ¿y qué? Las disfrutamos el doble en las fechas de verano y más viviendo en Cádiz.
Así es el verano, así es Cádiz… Mi tierra.
Javier Taboas.









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