
Llenar el depósito de gasolina de nuestro vehículo o poner la lavadora resulta desde este miércoles un lujo para muchos españoles. Los precios tanto de los combustibles como de la electricidad se han disparado a las puerta del verano, lo que supondrá para muchos una inusual cuesta de enero en el mes de junio.
Según los datos del Boletín del Petróleo de la Comisión Europea, el precio de la gasolina ha ascendido en la primera semana de junio hasta los 1,358 euros por litro, su coste más alto desde octubre de 2014, cuando a principios de mes llegó a marcar 1,405 euros por litro.
Esto supone, por ejemplo, que llenar un depósito de 60 litros cueste unos 81 euros frente a los 69 euros de hace un año (+23%), cuando la el precio de la gasolina era de 1,151 euros por litro.

Por su parte, el diésel marca 1,221.29 euros por litro, un 22% más que hace un año, pero un coste similar al de finales de 2019 y principios de 2020.
Este considerable aumento se produce justo cuando la movilidad perdida como consecuencia de la pandemia del coronavirus se empieza a recuperar y antes de que los españoles comiencen con las ansiadas vacaciones de verano. Por este motivo, todos los expertos coinciden en que es previsible que ante la alta demanda provoque no se produzcan bajadas de precio en un tiempo.
«Esto va a ir a mucho peor», vaticina Antonio Turiel, científico del CSIC y experto en el mercado petrolífero, para quien esta subida de los precios del combustible obedece a una conjunción de factores.
«El crudo convencional está en caída libre desde 2005. Cada año se produce menos porque se están agotando los recursos, aunque es un declive lento», explica Turiel, que precisa que las grandes productoras tampoco están invirtiendo en la búsqueda de nuevos recursos: «Repsol, por ejemplo, ha reducido en un 90% su inversión para nuevas explotaciones».
Esta escasez obliga a las empresas a producir combustibles empleando sustancias alternativas. «En la actualidad, la gasolina es un 80% crudo convencional y en un 20% otras cosas», afirma este miembro del CSIC. «Esto se traduce en un incremento de los costes de producción, ya que hay que adaptar las refinerías a las nuevas sustancias, que son más complicadas de tratar. Todo esto repercute en el precio final», sentencia Turiel.








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